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Last Hope (Anime x Ryu Princess)

Chapter 32: La caza de la araña

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Emberwood estaba sumida en un profundo silencio. La mayoría de sus habitantes dormía plácidamente, ajenos al drama que se desarrollaba en sus calles. Sin embargo, nuestros héroes no descansaban. Corrimos apresuradamente por las calles adoquinadas, guiados por la dirección que las "babies" de Bickslow habían señalado.

Sanemi, con su impaciencia habitual, preguntó jadeando:

—¿Falta mucho, mago?

Bickslow, concentrado, respondió con firmeza:

—No.

Yo, por mi parte, tenía dificultades para mantener el ritmo. Mis piernas me dolían por los esfuerzos de la noche, una clara señal de la intensa pasión que había compartido con Bickslow. Sin embargo, mi habilidad de curación comenzó a surtir efecto, y poco a poco, la molestia disminuía.

Fue entonces cuando un grito desesperado rasgó la quietud de la noche: la voz de un hombre clamando ayuda. Sin dudarlo, Kakashi se lanzó hacia los tejados, deslizándose con una agilidad asombrosa para ganar terreno. Desde mi posición, pude ver cómo el ninja, con una precisión letal, lanzó un shuriken hacia nuestro objetivo. Más adelante, a la luz de la luna, distinguí al hombre atrapado en una especie de telaraña gigantesca, y el shuriken que cortó el hilo que lo mantenía prisionero.

King, con su espalda imbuida de fuego, se lanzó hacia el hombre atrapado, y con un solo golpe certero, cortó el capullo de telaraña que lo envolvía. El hombre cayó al suelo, respirando con dificultad.

—¡Gracias! ¡Gracias a todos! —exclamó, aún temblando—. Pensé que iba a morir…

Tenshinhan se acercó a él.

—Explíquese, ¿qué ha ocurrido?

El hombre, recuperando el aliento, comenzó a relatar su terrible experiencia.

—Fui al bar a tomar unas copas... y fue entonces cuando ella me engatusó. Me coqueteó, era demasiado linda para ser verdad. Caí en la trampa... y de repente, me sentí atrapado. —Su voz temblaba al recordar el horror.

Los oídos y el olfato desarrollados de Laxus se percataron de la presencia de alguien más adelante. Un escalofrío recorrió el ambiente cuando una voz femenina, melódica pero con un tono inquietante, se escuchó entre las sombras:

—¡Exijo una explicación! ¿Por qué han cortado mi preciado hilo?

De la oscuridad emergió una mujer. Era alta y esbelta, con una figura que combinaba la gracia con una inquietante fuerza. Su piel, pálida como la luna, contrastaba con su largo cabello negro, que caía en cascada hasta sus caderas. Sus ojos, de un color ámbar brillante, parecían brillar con una luz propia en la penumbra. Llevaba un vestido ajustado de color obsidiana que parecía mimetizarse con las sombras de la noche, y un collar de jade relucía en su cuello. Pero lo más perturbador eran sus manos; aunque delicadas, sus dedos eran inusualmente largos, con uñas afiladas que parecían garras, y una fina pero resistente tela de araña se aferraba aún a sus dedos, confirmando nuestras sospechas.

—¡Ya basta de secuestrar hombres! —exclamé, plantándome frente a la misteriosa mujer.

Pero ella no me hizo caso, sus ojos ámbar fijos en los chicos, recorriéndolos con una mirada de depredadora. Una sonrisa seductora se dibujó en sus labios, sin duda pensando en la "diversión" que tendría esa noche.

—¡No me ignores! —espeté, intentando llamar su atención.

Todo fue tan rápido que apenas tuve tiempo de reaccionar. En un instante, fui envuelta por una red de telarañas resistentes, inmovilizándome por completo. La mujer me miró con desdén.

—Cállate, zorra —siseó, su voz ahora carente de melosidad—. No estoy hablando contigo.

Kyojuro dio un paso al frente, su voz resonando con autoridad.

—¡Exigimos una explicación!

La mujer, girándose hacia ellos, se encogió de hombros con una frialdad escalofriante.

—Soy una criatura solitaria y necesito hombres para tener más hijos.

Justo cuando pronunció esas palabras, varias arañas gigantes emergieron de las sombras, sus patas peludas y sus ojos múltiples brillando en la oscuridad.
Kisame murmuró para sí mismo, aunque lo suficientemente alto para ser escuchado:

—Vaya, tus hijos son bastante feos.

La mujer, sin embargo, no se ofendió. Una sonrisa torcida apareció en su rostro.

—Lo sé —respondió con una voz que helaba la sangre—. Solo busco la perfección.

—¡Los seres humanos no son objetos! —le recalqué a la mujer araña, mi voz resonando con indignación a pesar de estar inmovilizada.

Ella soltó una risa burlona, un sonido que me puso los pelos de punta.

—Cállate otra vez —siseó, su voz gélida—. Las mocosas como tú no deberían estar fuera en la noche.

—Aunque sea enana —le respondí, con un arrebato de orgullo—, soy mayor de edad.

Mientras tanto, Kyojuro y Sanemi no perdieron el tiempo y se lanzaron al ataque. Sin embargo, las otras arañas gigantes empezaron a escupir telas de araña a una velocidad alarmante, obligando a los chicos a retroceder para no quedar atrapados. La mujer solo los observaba, con una sonrisa ominosa.

—Vengan a mi guarida —les invitó, su voz ahora más seductora—, para cumplir su propósito.

Fue entonces cuando Bickslow rompió la tensión con una de sus ocurrencias.

—Ya de mí no puedes conseguir nada —dijo, con un tono despreocupado—, porque ya mi pistola está descargada.

Todos lo miraron fijamente, con una mezcla de sorpresa y confusión. Yo, por mi parte, sentí cómo mi rostro se ponía rojo cual tomate, deseando que la tierra me tragara en ese momento.

La mujer araña se lamió los labios, sus ojos ámbar brillando con una intención oscura. Aparentemente, la broma de Bickslow no le importó mucho.

—Haré todo lo posible para que esté cargada —siseó, una amenaza velada que me hizo estremecer.

King fulminó a Bickslow con la mirada.

—Has hecho un comentario estúpido —espetó.

Bickslow solo se rio, encogiéndose de hombros.

—Por lo menos quería intentarlo —respondió, sin perder su descaro.

Mientras ellos discutían, las arañas gigantes no perdían el tiempo. Continuaron lanzando telas de araña con una precisión alarmante, tejiendo una red pegajosa para atrapar a los chicos. Yo, inmovilizada, luchaba desesperadamente por liberarme de mi propio capullo, mis músculos adoloridos por lo de antes, pero mi determinación intacta. Sabía que teníamos que actuar rápido antes de que más de nosotros cayéramos en su trampa.

Mientras yo luchaba por liberarme, Broly, al verme, corrió directamente hacia mí para ayudarme. No obstante, no se dio cuenta de que una de las arañas gigantes lo había captado y se abalanzó sobre su espalda.

—¡Broly! —grité, el pánico apoderándose de mí.

El Saiyan usó todas sus fuerzas para quitársela de encima, rugiendo de frustración. Sin embargo, todo fue en vano. La araña incrustó sus colmillos en la piel de Broly, y pude ver cómo, poco a poco, su imponente figura comenzaba a paralizarse. Cayó de rodillas, su fuerza desvaneciéndose.

Tenshinhan vio lo que sucedía, y la mujer araña no tardó mucho en aprovechar la situación. De su boca escupió un veneno paralizante que se extendió rápidamente hacia los chicos. Uno a uno, sin poder reaccionar a tiempo, fueron cayendo, sus cuerpos inmovilizados por la toxina. La desesperación me invadió al ver a mis compañeros caer.

La mujer araña, con una sonrisa de satisfacción, dio una orden a sus criaturas:

—Hijos míos, lleven a rastras a los hombres a mi guarida.

Las arañas gigantes obedecieron, arrastrando los cuerpos paralizados de mis compañeros.

—¡No! —grité, una y otra vez, viendo cómo se los llevaban. La impotencia me carcomía.

Luché con todas mis fuerzas contra el capullo de telaraña que me envolvía. Mis músculos, ya adoloridos, se tensaron hasta el límite. Un grito gutural escapó de mis labios, y con un último esfuerzo desesperado, la telaraña cedió. Me liberé, cayendo sobre las rodillas, pero me levanté de inmediato.

Mis ojos buscaron con desesperación a los chicos, pero ya habían desaparecido junto con la mujer y sus abominables arañas. No podía permitir que esa criatura les hiciera daño, no después de todo. Cerré los ojos, concentrándome, intentando percibir cualquier rastro de ellos.

Fue entonces cuando sentí, débil al principio, pero luego con más claridad, el aroma inconfundible de Bickslow, mezclado con el de Laxus, la furia de Sanemi y la particular esencia de Kisame. Mi instinto se encendió, guiándome en la dirección que habían tomado. Tenía que alcanzarlos.

Mi instinto me guio hacia las afueras de Emberwood. Corrí tan rápido como mis piernas, aún algo resentidas, me lo permitieron. Me sorprendió la velocidad de la mujer araña y sus hijos; ahora entendía por qué las desapariciones solo se notificaban al día siguiente. No sabía cuántos minutos había corrido, pero en las profundidades del bosque, una oscuridad más densa que la de la noche me engulló. Allí, camuflada entre la vegetación, encontré una cueva gigantesca.

El aire dentro era espeso, pesado, y mis fosas nasales se llenaron instantáneamente con un olor nauseabundo a putrefacción. Tuve que apretar los dientes, recordándome que los chicos dependían de mí. Así que, con el corazón martilleando en mi pecho, me adentré con mucho cuidado.

La cueva era un espectáculo de horror y depravación. Las paredes, el techo y el suelo estaban cubiertos por una densa y pegajosa red de telarañas, tan gruesas que parecían cuerdas, brillando tenuemente bajo la escasa luz que se filtraba de la entrada. Por todas partes, cadáveres en diferentes estados de descomposición colgaban, algunos aún envueltos en capullos translúcidos, otros ya reducidos a esqueletos, sus cuencas vacías mirándome fijamente. El hedor era casi insoportable, una mezcla de muerte, humedad y algo dulzón y enfermizo. El suelo estaba pegajoso bajo mis pies, y cada paso era un crujido macabro sobre huesos y restos secos. El lugar era un nido de pesadillas, pero tenía que seguir adelante.

A medida que me adentraba en la nauseabunda oscuridad de la cueva, comencé a escuchar la voz de la mujer araña. Era un sonido escalofriante, una mezcla de risa y expectación que me puso los nervios de punta. Decidí ocultarme lo más posible, aprovechando las sombras y los intrincados patrones de las telarañas, mientras me acercaba lentamente al origen de su voz.

Llegué a una zona bastante grande de la cueva, un vasto espacio cavernoso que parecía el corazón de su nido. Al fondo, la visión me golpeó con fuerza: los chicos estaban allí, envueltos en capullos de telaraña, colgando del techo o pegados a las paredes. La mujer araña no paraba de reír, un sonido agudo y perturbador, mientras se preparaba para lo que fuera que les tenía reservado.

Pude ver cómo más de uno intentaba moverse o usar sus habilidades, luchando en vano contra sus ataduras. La mujer, notando sus esfuerzos, les informó con cruel deleite:

—Sus habilidades están temporalmente anuladas debido a la toxina que recibieron.

King, inmovilizado pero con su espíritu indomable, la insultó:

—¡No tienes derecho a capturarnos de esa manera!

La mujer se acercó peligrosamente a King, sus ojos ámbar brillando con curiosidad. Sus garras afiladas acariciaron sutilmente su máscara, trazando el contorno de su rostro.

—Me pregunto qué hay detrás de esa máscara —murmuró, su voz cargada de intriga. Luego, su mirada se desvió hacia Katakuri, quien permanecía silencioso, su boca oculta tras la bufanda.

—Al igual que la tuya —añadió, sus ojos posándose en él.

Fue entonces cuando la mujer araña decidió actuar. Con movimientos rápidos y precisos, arrancó tanto la máscara de King como la bufanda de Katakuri.

Mis ojos se abrieron de par en par. King, el Lunaria enmascarado, reveló un rostro que era una obra de arte: pómulos definidos, una mandíbula fuerte y unos ojos tan intensos que parecían desafiar al mundo, enmarcados por su cabello claro. Era la imagen misma de la nobleza guerrera. Y Katakuri... su rostro, al descubierto, era una mezcla de asombro y, sí, un toque de terror. Su mandíbula inferior, alargada y con los lados cosidos, le daba un aspecto único y, para muchos, intimidante. A pesar de la sorpresa, casi me sonrojé ante la intensidad de King y de Katakuri.

La mujer se rio a carcajadas, una risa cruel que resonó en la cueva.

—No entiendo por qué un Lunaria prefiere ocultar su rostro —dijo, mirándose las garras. Luego, su mirada se posó en Katakuri, y sus ojos se abrieron ligeramente—. Y tú... eres interesante —murmuró, sorprendida por su aspecto.

—¡Bruja! —la insultó Sanemi, su voz llena de furia.

La mujer siguió riendo.

—No se impacienten, mis amores. La noche es joven.

De pronto, sentí algo detrás de mí. Era una vibración sutil en el aire, un movimiento rápido. Instintivamente, me lancé hacia un lado, esquivando el ataque en el último segundo. Una de las arañas gigantes me había detectado. Caí al suelo, justo en la zona donde estaba la mujer y el resto de los chicos inmovilizados.

—¡Princess! —exclamó Tenshinhan, su voz llena de alarma.

La mujer se enfadó muchísimo al verme allí, justo en medio de su guarida.

—¡En mi hogar no se permiten mujeres! —siseó, con una furia palpable en su voz.

—Solo vengo a salvar a mis compañeros —le respondí, con la voz firme.

Ella se rio con desdén.

—No voy a permitir eso. He encontrado a unos hombres muy interesantes.

Al instante, las arañas comenzaron a rodearme, sus patas peludas moviéndose con una velocidad inquietante. Yo estaba preparada para cualquier cosa, mi habilidad de curación latía bajo mi piel, lista para ser usada.

—¡Princess, sal de ahí! —escuché la voz de Kakashi, llena de preocupación—. ¡Tú sola no podrás!

Pero Kyojuro le contradijo.

—¡Debemos confiar en ella, Kakashi!

Las arañas no esperaron. Comenzaron a lanzar telarañas pegajosas en mi dirección, con la intención de atraparme. Sin embargo, no iba a caer en la misma trampa dos veces. Las esquivaba sin ningún problema, moviéndome con agilidad entre los hilos mortales. Y cuando tenía la oportunidad de quedar frente a una de esas abominaciones, le asestaba un golpe muy fuerte, que la hacía retroceder o incluso la dejaba aturdida.

Las arañas gigantes, al ver que no podían conmigo de frente, empezaron a usar otra estrategia: rodearme y atacar desde múltiples ángulos. Pero no iba a retroceder en ningún momento. Seguí golpeando con fuerza, y alguna que otra araña chocaba contra la pared de la cueva con un ruido sordo.

—¡Esa es mi chica! —exclamó Bickslow desde su capullo, su voz llena de orgullo—. ¡Fiera en la batalla!

Esto a la mujer araña le molestó sobremanera.

—¡Cómo te atreves a atacar a mis hijos así sin más! —siseó, su voz cargada de furia—. ¡Dejen esto a mí!

Las arañas se retiraron de inmediato, obedeciendo a su madre. La mujer, ahora libre de obstáculos, comenzó a transformarse. Su cuerpo se estiró y se contorsionó, la piel pálida se volvió más tensa y su figura esbelta tomó una forma monstruosa. La parte superior de su cuerpo seguía siendo la de una mujer, pero su rostro se alargó, sus ojos ámbar se hicieron más grandes y los dientes se afilaron, revelando una mandíbula con movimientos inquietantes. De su espalda emergieron cuatro nuevos brazos, largos y delgados, terminados en garras afiladas. Pero lo más impactante fue su parte inferior: donde deberían haber estado sus piernas, se formó el abdomen y las ocho patas segmentadas de una araña gigantesca, cubiertas de un exoesqueleto negro y brillante. Era una criatura de pesadilla, una verdadera reina araña.

—Menos mal que no intentó hacer algo indebido en esa forma —murmuró Kisame, con una mueca de asco.

—Katakuri, King, ¿pueden alcanzar el botón para agrandar sus cuerpos? —preguntó Laxus, intentando buscar una solución a nuestra inmovilidad.

Katakuri, con el ceño fruncido y un esfuerzo evidente en su rostro, intentaba estirar un brazo.

—Estoy teniendo problemas... la toxina es más fuerte de lo que pensé —respondió, con frustración.

King, por su parte, gruñó en su capullo.

—¡Maldita sea! ¡Me da rabia no poder usar mi llama detrás de mi espalda! —dijo, refiriéndose a su habilidad para quemar.

La mujer araña, ahora una criatura de pesadilla, me miró con sus ojos ámbar, que brillaban con furia.

—¡No debiste haber pisado mi hogar! —siseó, su voz un eco gutural que resonaba en la cueva.

Fue entonces cuando las telarañas de alrededor de la cueva cobraron vida. Se desprendieron de las paredes y el techo, moviéndose como serpientes, lanzándose hacia mí con una velocidad alarmante. Empecé a esquivar todo lo posible, girando y saltando, mientras los hilos pegajosos pasaban a centímetros de mi piel.

En medio de mi esquiva, la mujer araña lanzó un líquido espeso y verdoso desde una de sus garras. Me defendí instintivamente, levantando los brazos para protegerme. El líquido me golpeó y, de pronto, empecé a notar una sensación de quemazón intensa. Era un dolor punzante que me obligó a quitarme el pulóver a tiempo, revelando mi piel enrojecida y con pequeñas ampollas. Era ácido.

La mujer se rio con una carcajada cruel, el sonido resonando en la cueva.

—¡Qué pena que no te haya tocado los huesos! —exclamó, con un tono de decepción.

Sí, di gracias de ello. Mi habilidad de curación comenzó a trabajar de inmediato, sanando las quemaduras con rapidez, aunque la sensación de ardor persistía. Estaba claro que esta mujer araña era mucho más peligrosa de lo que habíamos imaginado. Tenía que encontrar una manera de detenerla, y rápido.

—¡Princess, ten cuidado! —me gritó Broly desde su capullo, su voz apenas un hilo, la preocupación evidente a pesar de su parálisis.

Yo ya estaba sumergida en mis pensamientos, ideando una estrategia para acabar con esa criatura. Los insectos odian el fuego, lo sabía, pero yo no podía crearlo. La única opción sería transformarme, alcanzar ese estado de furia descontrolada, como aquella vez en la isla al enfrentarme contra Teach.

No dudé ni un instante. Con el corazón martilleando, corrí directamente hacia la gran araña. Ella, al verme venir, contraatacó lanzando una ráfaga de sus telas de araña. Pero esta vez no caería en su trampa. Con un valor renovado, golpeé las telarañas con tanta fuerza que se rompieron completamente, dispersándose en el aire. La mujer araña siseó de frustración, su rostro arácnido se contrajo de puro enojo. Estaba claro que se estaba molestando demasiado.

No pude celebrar mi pequeña victoria por mucho tiempo. Fue entonces cuando una de las arañas que estaba escondida en el suelo, como una trampa, apareció de repente, atrapando mi cuerpo mientras me inyectaba el veneno paralizante.

—¡Princess! —gritó Laxus, su voz llena de alarma al verme debilitarme rápidamente.

La mujer arácnida empezó a reír, una risa cruel que resonó en la cueva. Las telas de araña que antes me habían soltado, ahora atraparon mis muñecas, levantándome y dejándome completamente inmovilizada, mi cuerpo en modo crucifijo. El proceso de mi curación estaba siendo dolorosamente lento, la toxina era potente.

La mujer arácnida se acercó a mí, sus múltiples ojos ámbar brillando con desdén.

—Eres estúpida —siseó, su aliento fétido sobre mi rostro—. Por tocar en un territorio donde hay un Alfa fuerte, mucho más fuerte que tú.

Entonces, de una de sus garras, creó una especie de látigo de telarañas. Sin remordimiento alguno, lo lanzó con fuerza, golpeando mi pecho. Un grito se me escapó, un sonido agudo de dolor que llenó la cueva.

Fue ahí cuando Bickslow, inmovilizado pero con la furia desatada en sus ojos, gritó:

—¡Cobarde!

—¿Te dolió? —siseó la mujer arácnida, su voz llena de un placer sádico al verme crucificada.

No respondí. Estaba procesando el dolor punzante en mi pecho, la quemadura del látigo de telarañas que se extendía por mi piel. Y entonces, recibí otro latigazo, y luego otro, una y otra vez. Más gritos resonaban en la cueva, mis propios alaridos de dolor llenando el aire. Pude ver cómo el techo de la cueva se resquebrajaba un poco por la fuerza de mis gritos, pequeñas rocas cayendo al suelo.

La mujer se estaba riendo a carcajadas.

—¡Suplica! ¡Siente el dolor! —exclamaba, disfrutando de mi sufrimiento.

Sanemi intentaba desesperadamente alcanzar su espada, sus músculos tensos, al igual que Kyojuro. Broly se estaba enfureciendo mucho, su cuerpo temblaba con una ira contenida, pero no podía liberar su ki explosivo. La parálisis era demasiado fuerte.

Yo ya no podía pensar. El dolor se había vuelto una niebla, una constante que lo abarcaba todo, borrando cualquier estrategia, cualquier esperanza. Solo existía el látigo, la quemazón y los gritos que me arrancaba.

Mis gafas se rompieron con uno de los latigazos, y poco a poco mis ropas también cedieron, dejándome casi desnuda, solo cubierta por lo que cubría mi pecho y mi intimidad. El dolor era insoportable, pero entonces, algo extraño comenzó a suceder. Poco a poco, un sentimiento inusual, casi imperceptible al principio, empezó a surgir en mí. El dolor, por alguna extraña razón, se estaba convirtiendo en placer. Me gustaba, de alguna manera, me gustaba.

Un latigazo más fue suficiente. En lugar de un grito de dolor, un gemido de placer escapó de mis labios.

Ahí, la mujer arácnida se detuvo. Su sonrisa sádica se congeló. Todos los hombres se quedaron en blanco, como si hubieran visto un fantasma, y casi sentí una gota fría resbalar por mi sien.

—¿Escucharon lo mismo que yo? —preguntó Kisame, su voz un murmullo de incredulidad.

King no se contuvo.

—Me he puesto cachondo —comentó, lo que hizo que todos lo miraran fijamente, estupefactos.

La mujer arácnida, recuperándose de la sorpresa, sonrió lentamente.

—Vaya, vaya… —murmuró, sus ojos ámbar brillando con una nueva y perversa fascinación—. Así que he despertado un lado masoquista en la jovencita.

Yo no paraba de jadear, aprovechando cada segundo para recuperar el aliento. Alcé la vista para mirar a la mujer, pero mis ojos castaños se desviaron. Detrás de ella, por la entrada de la cueva, la luna brillaba con fuerza, una luz blanca y pura que contrastaba con la oscuridad y la depravación que nos rodeaba. Algo en esa luz, en el cambio repentino de las sensaciones, encendió una chispa en mi interior.

La mujer arácnida, complacida por mi reacción, levantó el látigo de telarañas una vez más. Esta vez, era diferente; sentí una intención definitiva de acabar conmigo.

—Adiós, mocosa —siseó, sus ojos ámbar brillando con una satisfacción macabra.

—¡Princess! —escuché los gritos desesperados de Bickslow, Laxus, Sanemi, Kyojuro, Katakuri, King, Kisame, Kakashi, Tenshinhan y Broly, todos sus nombres resonando con angustia en la cueva, impotentes en sus capullos.

Y fue entonces.

Justo cuando el látigo silbaba en el aire, a centímetros de mi piel, sentí una oleada de energía recorrer mi cuerpo. No era la curación, no era la furia descontrolada. Era algo nuevo, algo que vibraba con la misma pureza y fuerza de la luna llena que brillaba en la entrada de la cueva. Mis ojos, que aún miraban hacia la luz lunar, comenzaron a resplandecer con un tono etéreo, como si la mismísima luna se hubiera reflejado en ellos. El dolor de los latigazos desapareció, no convertido en placer, sino simplemente desvanecido, como si nunca hubiera existido. Una fuerza fría pero poderosa se expandía desde mi interior.